La fragmentación caracteriza nuestra época. No creemos en las totalidades, se abre el rumbo de la división, la deconstrucción precedida por rasgaduras. Y si algo permanece aparentemente "acabado", pronto sufre la sustitución de otro elemento, (llámese cosa, objeto, sentimiento, sensación). Hay apariencias productivas con visos de esplendor, pero no exentas de un sentido trágico fundado en lo efímero, lo transitorio.
En el arte todo adquiere el carácter de la afirmación, la aserción, la dependencia de sí y el llamado hacia sí mismo. Allí, el fragmento se erige como un camino de búsqueda plástica y un medio de expresión tajante. Es un trozo de realidad, mas recuerda que la totalidad existe.
La pintora Ofelia Iszaevich trabaja la fragmentación en dos niveles. En el primero, la conduce en un muy personal figurativo (VOLCÁN QUE ESCUPE PUÑALES y DOLOR, ambos de 1992). En el segundo está la dimensión abstracta en que los fragmentos (de papel, zacate o tela) se entrelazan, chocan, se cruzan, se revuelven en sí mismos con el fin de traducir a tensión espacial y de movimiento puros, la energía que determinó el sentido expresivo, el dibujo y la intención de su obra figurativa.
Fragmentos heterogéneos se combinan sobre fondos de color. Fluyen en una repartición del espacio que resulta de deshacer y construir; el espacio no cuenta para el inicio de un proceso. Es un "lugar" donde se busca, se encuentra, se niega y afirma, dando origen a un espacio naciente, principio y fin de sí mismo.
Ofelia Iszaevich pinta divisiones trágicas en la vía de una plástica (pintura-acción) que inevitablemente recuerda a Pollock, por su dinamismo y entrega corporal. Así, los magníficos KIGEN, AWAN y URGENCIAS, entre otros, se ven sucedidos por A LA ESPERA DE LA OTRA ORILLA, cuadro de gran formato en el que rojos y ocres son atravesados por trazos negros con sentido curvo. El movimiento y los colores primarios saturados suscitan un cataclismo visual.
Los últimos trabajos de Iszaevich denotan que está carnalmente involucrada en la hechura emotivo-pasional de su obra. Ahí pervive el movimiento atropellado y puro de quien pinta con mano, ojos y cuerpo entero. Tanto ha llegado a presentir su verdadero centro.
Elia Espinosa, enero 1995